Por Anahí Urquiza, directora de Innovación de la Universidad de Chile.
Mientras se desarrolla una nueva versión del Congreso Futuro, vuelve a instalarse una pregunta que no es nueva, pero que resulta imposible de esquivar: ¿Cómo se gobierna un país -y una sociedad- cuando el futuro dejó de ser una promesa y pasó a convertirse en una fuente permanente de incertidumbre? En ese mismo registro se inscribió el encuentro «Anticipar para Transformar Chile: una propuesta de institucionalidad del futuro», impulsado por Francisco Chahuán, y que contó con la participación del Presidente electo y de la rectora de la Universidad de Chile, Rosa Devés.
No se trató de un ejercicio de futurología ni de un gesto retórico. La pregunta de fondo fue otra. Si contamos -o no- con capacidades reales de anticipación. Si nuestras instituciones están preparadas para aprender antes del colapso y no después. Y si la ciencia, más allá de producir evidencia, está siendo convocada a cumplir un rol estructural en la toma de decisiones colectivas, ampliando horizontes, advirtiendo riesgos y sosteniendo miradas de largo plazo. La paradoja es inquietante. Nunca tuvimos tanta información sobre lo que venía. Nunca supimos tanto sobre los límites del planeta, las tensiones geopolíticas o los riesgos tecnológicos. Y, sin embargo, nunca pareció tan difícil pensar más allá del aquí y ahora.
El 2026 comenzó con una señal inquietante: el orden internacional ya no se erosiona lentamente, se quiebra a la vista. La intervención directa de Estados Unidos en Venezuela, la presión renovada sobre Groenlandia y la incapacidad de los organismos multilaterales para frenar el genocidio en Gaza revelan un mundo donde las reglas se aplican de forma selectiva y los principios se subordinan al interés inmediato de quienes deciden. A ello se suma la violencia política en Irán, que expone con crudeza cómo la represión y el control se normalizan ante la mirada impotente -o cómplice- de la comunidad internacional. Lo que se desarma no es solo el derecho internacional, sino una expectativa cultural básica (que se fue instalando desde el Renacimiento): la idea de que existen límites compartidos que nadie cruza sin consecuencias.
En este escenario, la política, la economía y la tecnología operan en escalas distintas y mal acopladas. La política sigue atrapada en ciclos cortos; la economía se mueve en tiempos financieros acelerados; y la tecnología -concentrada en pocos actores globales- administra atención, datos y decisiones. Para los países más vulnerables, la dependencia ya no es solo económica: es tecnológica, cognitiva y estratégica. Cuando el conocimiento crítico, los sistemas de inteligencia artificial y las infraestructuras digitales están fuera, la soberanía se vuelve frágil, casi decorativa.
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