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La desigualdad que aprende: IA en un país que recorta su futuro

Por Anahí Urquiza, Directora de Innovación de la Universidad de Chile

La inteligencia artificial no llegó del futuro. Llegó del presente. Y quizás por eso inquieta tanto. No porque piense como nosotros, sino porque aprende demasiado bien de lo que ya somos: una sociedad desigual, acelerada, extractivista, injusta y cada vez más incapaz de gobernar sus propias invenciones.

La discusión pública suele moverse entre dos caricaturas. De un lado, la IA como promesa casi mágica: productividad, eficiencia, diagnósticos más precisos, educación personalizada, gestión pública inteligente. Del otro, la IA como amenaza apocalíptica: máquinas autónomas, reemplazo humano, pérdida total de control y autodestrución. Ambas imágenes esconden lo principal. El riesgo más inmediato no es que la inteligencia artificial se rebele contra la humanidad. Es que funcione demasiado bien al servicio de los patrones sociales que ya producen exclusión social.

Por eso resulta tan preocupante la señal presupuestaria conocida esta semana. Según los antecedentes publicados, Hacienda habría propuesto descontinuar programas del Ministerio de Ciencia por más de $170 mil millones, incluyendo becas de postgrado en Chile y el extranjero, el Programa de Investigación Asociativa, la Iniciativa Científica Milenio, Centros de Excelencia, Nodos Territoriales y cooperación internacional científica. Es decir: no se apunta a un borde decorativo del sistema, sino al corazón de la formación de capacidades.

Algo similar ocurre en educación. También se informó que, para la formulación presupuestaria 2027, Hacienda recomendó cerrar programas como PACE, Beca Vocación de Profesor, reinserción escolar y otras iniciativas vinculadas al acceso, la formación docente y el apoyo educativo. A la vez, otros programas quedarían expuestos a ajustes relevantes.

Es cierto: Hacienda ha aclarado que se trata de oficios iniciales, no de decisiones finales ni decretos de reducción. El propio ministro ha señalado que el proceso busca revisar ejecución y eficiencia, y que las definiciones finales aún deben pasar por la discusión presupuestaria correspondiente. Pero en política pública las señales importan. Y esta señal llega justo cuando el país necesita exactamente lo contrario: más ciencia, más educación, más formación crítica y más capacidades públicas para enfrentar transformaciones tecnológicas que no esperan a que nuestras instituciones se pongan al día.

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