Por Anahí Urquiza, Directora de Innovación Universidad de Chile
Chile tiene una costumbre peligrosa: pedirle al sistema de ciencia, tecnología, conocimiento e innovación que resuelva problemas estructurales del desarrollo, pero financiarlo como si fuera un lujo de temporada. Queremos más productividad, más diversificación, más inteligencia artificial, más resiliencia territorial. Pero cuando llega la hora del ajuste, reaparece el viejo reflejo: sacrificar lo que no rinde réditos inmediatos. Ese es el corazón del cortoplacismo chileno. No solo reduce recursos; reduce horizonte y oportunidades.
El recorte transversal del 3% al gasto público volvió a ponerlo en evidencia. El Ministerio de Ciencia ha insistido en que resguardará la investigación y que el ajuste se concentrará en gestión. Sin embargo, ya hay señales concretas de estrechamiento: la cartera anunció la suspensión para 2026 de nuevas becas de magíster en el extranjero, ajustes en posdoctorado internacional, reducción de fondos Anillos o eliminación de proyectos INES. No estamos hablando de una poda quirúrgica sin consecuencias. Estamos hablando de una presión acumulativa sobre instrumentos que sostienen formación, investigación, articulación institucional y capacidades de largo plazo.
La paradoja es brutal. Mientras el mundo se reorganiza entre crisis climática, aceleración tecnológica, tensiones geopolíticas y creciente incertidumbre, Chile sigue discutiendo la CTCI como si fuera un sector más, y no una condición de posibilidad para cualquier proyecto serio de desarrollo. Después nos sorprendemos por la dependencia tecnológica, la baja complejidad productiva o la dificultad para traducir conocimiento en bienestar. Pero un país que debilita sus capacidades científicas y tecnológicas no ahorra: se vuelve más dependiente y vulnerable.
Continúa leyendo en cooperativa.cl